Capítulo 3
Vuelvo a casa. Un día agotador. Odio estar con gente de mi edad de diferentes categorías. Sobretodo odio a los deportistas. Pero nunca he juzgado un libro por su portada, y no voy a empezar ahora. A los deportistas no les gustan los inteligencia. Y no les gusto yo. Me miran peor que a los demás. Me han cogido asco, y no lo entiendo, yo y El Siniestro somos los que menos hablamos, pero El Siniestro no es inteligencia. Es artístico. Dicen que hubo un intercambio a la fuerza. Pero El Siniestro no se resistió para nada. Cumplió con su mandato. Lleva siempre una chaqueta negra ceñida con una capucha puesta que no deja ver casi ningún rasgo de su cara. Llevamos un día aquí y los deportistas ya nos han puesto motes a todos. Yo soy la "friki" parece que le han cogido cariño porque los cuatro deportistas más populares no paran de meterse conmigo. Con El Siniestro no, nadie se atreve. Es tan siniestro que no sabemos ni su nombre. No tiene amigos. Básicamente es como yo. Los Lobos Infernales como llamo yo a los cuatro deportistas odiosos: Gemma, la rubia. David, el jefe. Y los gemelos Waldo y Helio, los extras. La diferencia entre Waldo y Helio es que Waldo tiene un lunar en la mejilla y Helio no. Ambos tienen el pelo corto y marrón con los ojos pardos verdosos.
Cuando vuelvo a casa mi padre está en el mismo sitio de siempre. Con la cabeza sobre la mesa y una botella de Ginebra en la mano vacía. Nunca superó lo de mi madre, ni lo de la exclusión de mi hermano mellizo Cap. Aunque en el fondo yo y mi padre sabemos que Cap no está muerto. La pulsera de mi nombre en letras griegas que me regalaron cuando cumplí 12 no se han apagado las letras. Siguen brillando con la luz del sol. No puedo soportar ver a mi padre a si, el único familiar que me queda cerca. Así que me alejo, lejos, al bosque.
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